La estrategia era impecable. La visión, poderosa.
Pero la cruda realidad aterrizó sobre la mesa de formica junto con la cuenta del café.
—Necesitamos dinero —dijo Alejandra, su voz perdiendo un poco de su filo de generala—. Capital semilla.
Abrió la última página de su cuaderno. Era una hoja de cálculo, escrita a mano con una precisión meticulosa.
—Frascos, etiquetas, ingredientes a granel, el registro de la marca, los envíos… Hice un cálculo conservador. Para empezar, para tener inventario para los primeros tres meses y un pequeño colchón para emergencias, necesitamos al menos cien mil pesos.
Valeria silbó por lo bajo. La cifra no era astronómica, pero para ellas, bien podría haber sido un millón.
—Mi padre me dejó algo de dinero en una cuenta —dijo Alejandra—. Unos treinta mil pesos. Es todo lo que tengo.
—Y yo tengo mis ahorros del taller —añadió Valeria—. Pero no es ni la mitad de lo que falta.
Un silencio incómodo cayó entre ellas. La energía de la planificación chocó contra el muro de la realidad financiera.
—Podrías… —comenzó Valeria, y luego se detuvo, como si no quisiera decir las palabras.
Alejandra sabía exactamente lo que estaba pensando.
—No —dijo, su voz era firme, absoluta—. No le pediré ni un centavo a Ricardo. No tocaré el dinero de los Estevez. Este es nuestro proyecto. Nuestra independencia. Si acepto su dinero, nunca seré libre. Siempre me lo restregará en la cara. Siempre seré la huérfana a la que tuvo que rescatar.
Valeria asintió, una expresión de respeto en su rostro. Esperaba esa respuesta.
Se quedó pensativa por un momento, mordiéndose el labio inferior.
El engranaje en su mente, la mente que conocía las calles y sus códigos, comenzó a girar.
—Está bien. Si no podemos ir al banco de los ricos… —dijo lentamente—. Tendremos que ir al banco del barrio.
Alejandra la miró, confundida. —¿Qué banco?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...