Entrar Via

El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 268

La Universidad Nacional Autónoma de México era otro país.

Un laberinto de concreto, murales descoloridos y una energía intelectual tan palpable como la humedad en el aire.

Graciela no había pisado Ciudad Universitaria en casi veinte años.

Se sentía como una extraña, sus zapatos de diseñador demasiado silenciosos en los pasillos ruidosos y llenos de estudiantes con mochilas y sueños.

El cubículo de Ernesto Lira, en el Instituto de Investigaciones Antropológicas, no era una oficina.

Era una cueva.

Las paredes estaban completamente ocultas detrás de estanterías de metal que se doblaban bajo el peso de miles de libros.

Libros sobre etnobotánica, sobre la historia del maíz, sobre rituales zapotecos.

Mapas de Oaxaca cubrían la única pared libre, marcados con chinchetas de colores y notas escritas a mano.

El aire olía a papel viejo, a café fuerte y al polvo de la historia.

Ernesto, un hombre de unos sesenta años con el cabello plateado y alborotado y unos lentes gruesos, no se levantó cuando ella entró.

Simplemente señaló una silla desvencijada, enterrada bajo una pila de tesis.

—Siéntate donde puedas.

Graciela apartó los papeles y se sentó.

Ernesto no perdió el tiempo en formalidades.

Se giró en su silla giratoria y sacó una carpeta delgada de un archivador oxidado.

No era una carpeta de oficina. Era una carpeta de campo, de cartón grueso, atada con un cordel.

La deslizó sobre el escritorio desordenado hacia ella.

—Esto no es para publicarse, Graciela. Esto es para entender.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra