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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 269

Graciela regresó a su restaurante esa noche, pero el lugar, su templo, de repente se sentía ajeno.

Las paredes blancas, la cocina de acero inoxidable, los comensales adinerados riendo suavemente… todo parecía parte de una farsa.

Una farsa de la que ella había sido la suma sacerdotisa.

Fue a la cocina. Su jefe de cocina, un joven talentoso al que ella misma había entrenado, la saludó con el respeto de un discípulo.

—Chef, ¿todo bien?

—Miguel, necesito un favor —dijo ella, su tono era firme, sin dejar lugar a preguntas—. Me tomaré una semana libre.

El joven se quedó boquiabierto. Graciela Arellano no se tomaba días libres. Nunca.

—Asuntos familiares urgentes —añadió, cortando cualquier posible pregunta.

Esa noche, en su lujoso apartamento en la Condesa, no hizo una maleta de diseñador.

Sacó una vieja mochila de lona del fondo de su armario, una reliquia de sus días de estudiante.

Dentro, no metió vestidos de seda ni zapatos de tacón.

Guardó un par de pantalones vaqueros, una camiseta sencilla, un suéter de lana y unas botas cómodas para caminar.

Ropa anónima. Ropa que no gritara "chef de élite".

Dejó su teléfono de trabajo, el que contenía los números de todos los poderosos de la ciudad, cargando sobre su mesita de noche.

En su lugar, activó un pequeño teléfono de prepago que había comprado en una tienda de conveniencia, un dispositivo sin historia, sin conexiones. Un teléfono fantasma.

A las diez de la noche, en lugar de llamar a un chófer privado, pidió un taxi de aplicación.

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