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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 267

La decisión, una vez tomada, se asentó en el alma de Graciela Arellano no como un peso, sino como un ancla.

Anclada a la verdad, se sentía más ligera que en semanas.

El asco que había sentido al leer los titulares se transformó en una energía fría y enfocada.

No perdió el tiempo.

El vino en su copa seguía intacto.

Tomó su teléfono personal, no el del restaurante, y buscó en su agenda un número que no había marcado en años.

Era un contacto de otra vida, de su época como joven investigadora, antes de las estrellas Michelin y las portadas de revistas.

El nombre en la pantalla era "Ernesto Lira - UNAM".

El teléfono sonó tres veces, cada tono un eco en la silenciosa oficina.

—¿Bueno? —respondió una voz masculina, distraída, con el sonido de papeles siendo revueltos de fondo.

—Ernesto, soy Graciela. Graciela Arellano.

Hubo una pausa al otro lado de la línea. El sonido de los papeles se detuvo.

—Graciela. Vaya. El fantasma de las navidades pasadas —dijo Ernesto, y ella pudo escuchar la sonrisa irónica en su voz—. Pensé que ya no te codeabas con simples mortales académicos. ¿A qué debo el honor? ¿Se te acabó el azafrán iraní?

Graciela no sonrió. No estaba de humor para bromas.

—Necesito tu ayuda, Ernesto. Es importante.

El tono de su voz borró la ironía de la de él.

—Te escucho.

—Estoy buscando información. La verdad. Sobre una cocinera tradicional oaxaqueña. Elodia Grijalva.

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