El restaurante de Graciela Arellano en la colonia Roma era un templo.
Un lugar de paredes de estuco blanco, vigas de madera oscura y una luz suave que hacía que cada plato pareciera una obra de arte.
El silencio en su cocina era legendario. No había gritos, no había caos. Solo el siseo suave de las sartenes y el golpeteo rítmico de los cuchillos.
Era un silencio de respeto. De disciplina. De devoción a la comida.
Pero esa noche, el silencio en la oficina privada de Graciela era diferente.
Era un silencio pesado, opresivo.
Estaba sentada en su escritorio de roble, una copa de vino tinto intacta a su lado.
Frente a ella, en la pantalla de su laptop, estaban las críticas de la final del concurso.
"Una noche de emociones y un gesto de nobleza sin precedentes".
"Natalia Fuentes demuestra que la grandeza no está solo en el plato, sino en el corazón".
"Un final polémico pero inspirador".
Con cada titular, sentía que una bilis amarga le subía por la garganta.
Asco.
Era un asco profesional, profundo y absoluto.
Sabía la verdad. Había probado la verdad. Y la verdad no había ganado.
Había sido testigo de una farsa. Y con su silencio, se había convertido en cómplice.
Se reclinó en su silla de cuero, el material crujiendo en la quietud.
Su mirada se desvió hacia la pared de su oficina.
Estaba cubierta de premios, de reconocimientos, de portadas de revistas.
Pero sus ojos se posaron en una sola foto.
Una vieja fotografía en blanco y negro, enmarcada con sencillez.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...