El estudio de televisión el día de la final era una bestia diferente, un monstruo de metal, luz y expectativas voraces.
La energía ya no era de anticipación.
Era eléctrica. Hostil.
El aire olía a metal frío, a laca para el cabello y a pánico envasado. El calor antinatural de los focos de televisión caía sobre las estaciones de cocina de acero inoxidable, haciéndolas brillar con una luz blanca y despiadada.
Era una arena de leones, y el público, afilando sus garras digitales, ya había elegido a quién querían ver devorado.
Cuando Alejandra entró al plató, el silencio que la recibió no fue respetuoso. Fue el silencio de un tribunal.
El murmullo de la audiencia no se detuvo, pero cambió de tono. Se convirtió en un siseo bajo, acusador, un cuchicheo venenoso que reptaba por las gradas.
Vio los rostros.
Las mismas personas que la habían vitoreado en Coyoacán, que habían coreado el nombre de su marca, ahora la miraban con un desprecio frío, con la decepción de quien se siente traicionado.
Sus teléfonos estaban en alto, pero ya no para aclamarla.
Para grabarla. Para juzgarla. Para documentar la caída.
Los hashtags habían hecho su trabajo. #LadyChef. #LaAcosadoraDeEstevez. La narrativa de Mendoza, como un virus, había infectado la mente del público.
Ya no era la heroína.
Era la villana.
Caminó hacia su estación, la número trece, sintiendo el peso de cientos de miradas hostiles como una capa de plomo sobre sus hombros.
Los otros finalistas, dos chefs de moda con reputaciones que proteger, la evitaron con una deliberación insultante.
El chef de Polanco, que preparaba una salsa con la concentración de un neurocirujano, se aseguró de darle la espalda cuando ella pasó. La joven promesa de la Baja, que revisaba sus cuchillos, la miró con una mezcla de lástima y alivio, aliviada de no ser ella el blanco.
Nadie le deseó suerte. Nadie cruzó su mirada.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...