El presentador anunció el desafío final, y sus palabras resonaron en el estudio como una sentencia.
—¡Chefs, tienen tres horas para crear un menú de degustación de tres tiempos que represente el futuro de la cocina mexicana!
El futuro. Una palabra tan vasta, tan llena de posibilidades y de trampas.
El chef de Polanco, Javier Mendoza, corrió hacia la despensa de lujo, su mente ya trabajando en espumas y deconstrucciones. El otro finalista, un joven de la Baja California, empezó a esbozar ideas frenéticamente en una libreta. El pánico era palpable.
Pero en la estación trece, el tiempo parecía moverse a un ritmo diferente.
Alejandra no corrió. No entró en pánico.
El rugido hostil del público, la mirada venenosa de Natalia, la presión de las cámaras… todo se desvaneció.
Se ató el delantal, y en ese simple acto, el mundo exterior dejó de existir.
Entró en su santuario. Un lugar en su mente donde solo existían los ingredientes, los sabores y el eco de la voz de su padre.
Sus movimientos se volvieron fluidos, económicos. Una meditación en acción.
Mientras los otros chefs luchaban contra el reloj, ella se movía con él, en una danza de calma y precisión.
Para su entrada, eligió un tesoro de la tierra: los escamoles. Las huevas de hormiga. No los frió en mantequilla como se haría tradicionalmente.
Los blanqueó apenas un segundo en agua perfumada con epazote.
Luego, los depositó sobre una tostada de maíz azul, tan delgada que era casi translúcida, que había hecho ella misma.
Añadió una emulsión de aguacate y cilantro, y terminó con una sola gota de aceite de chile serrano.
Era un bocado. Simple. Primitivo. Y a la vez, increíblemente sofisticado.
Para el plato fuerte, se propuso redefinir un clásico. El mole.
No el mole negro de su abuela. Eso era el pasado.
Ella miraba hacia el futuro.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...