Dos días antes de la gran final del concurso, un ejército de asistentes invadió el penthouse.
No eran los sirvientes habituales. Eran jóvenes con trajes impecables y una eficiencia nerviosa, empleados de la división de catering de lujo de Grupo Estevez.
Traían cajas.
Docenas de ellas.
Cajas de madera con logos quemados de proveedores exóticos. Cajas de poliestireno que exhalaban un vaho helado.
Las depositaron en la cocina principal, transformando el espacio minimalista en un mercado de opulencia.
Alejandra observó desde el umbral, con los brazos cruzados.
No era un gesto de amabilidad.
Era una demostración de poder.
Abrió una de las cajas de madera. El aroma que se desprendió era terroso, intenso, casi abrumador.
Dentro, anidadas en paja como si fueran huevos de dragón, había trufas blancas de Alba, cada una del tamaño de un puño.
En otra caja, hebras de azafrán de Irán, de un rojo profundo, tan valiosas como el oro.
En una nevera portátil, cortes de carne de kobe de la prefectura de Hyōgo, con un marmoleado tan perfecto que parecía una obra de arte.
Hígado de ganso. Caviar de beluga. Langostas de Maine.
Los ingredientes más raros y caros del mundo, un arsenal culinario que cualquier chef mataría por tener.
Un asistente, el líder del grupo, se acercó a ella con una tablet.
—Señorita Robles, el señor Estevez nos ha instruido que no le falte absolutamente nada para la final. Si necesita algo más, cualquier cosa, solo tiene que pedirlo.
Sobre una de las cajas, había un sobre de papel grueso, de color crema.
El nombre de Alejandra estaba escrito en una caligrafía elegante.
Lo abrió.
La nota era escueta. Implacable.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...