La mañana siguiente, el sol se derramaba por los ventanales del penthouse, iluminando un escenario de perfecta domesticidad.
Natalia estaba sentada en un sillón junto a la ventana, una taza de té de jazmín humeando a su lado.
No llevaba un vestido de diseñador. Mendoza había sido muy específico.
Llevaba un simple suéter de cachemira de color avena y unos pantalones de lino blanco.
Su cabello no estaba recogido en un peinado elaborado, sino suelto, cayendo sobre sus hombros con una naturalidad estudiada.
Su maquillaje era mínimo, apenas un toque para dar a su piel un brillo saludable y a sus ojos una profundidad pensativa.
La imagen era de una humildad serena.
Ricardo, que había dormido en el sofá de su despacho, la observaba desde el umbral de la sala.
La vio tomar su teléfono.
La vio abrir la aplicación de Instagram.
La vio seleccionar una foto que se habían tomado esa misma mañana.
Una foto de ella, sentada exactamente como estaba ahora, mirando por la ventana con una expresión melancólica, la taza de té entre sus manos.
La imagen no gritaba riqueza. Susurraba introspección.
Luego, la vio pegar el texto.
El largo y meticulosamente elaborado manifiesto de arrepentimiento que habían fabricado el día anterior.
Alejandra, que había bajado por un vaso de agua, se detuvo en la entrada de la cocina.
Vio la misma escena.
Vio a Natalia, absorta en su teléfono, con una concentración casi religiosa.
El mundo, para esas dos mujeres, se detuvo por un instante.
Natalia leyó el texto una última vez.
Cada palabra, cada coma, estaba en su lugar.
"Hoy, con el corazón abierto, admito mi error".
"No un error de intención, sino de omisión".
"Al no acreditar a la gran Doña Elodia, le fallé a su memoria".

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...