Mientras Alejandra se atrincheraba en su soledad febril, la guerra se libraba en otro frente.
En el corazón del imperio Estevez, en la sala de juntas del piso 50, se había convocado una reunión de emergencia.
El aire estaba cargado de cafeína y del olor a pánico caro.
Ricardo estaba sentado a la cabecera de la mesa, su rostro una máscara de piedra.
A su lado, Natalia, vestida con un traje sastre de un sobrio color gris, interpretaba su papel a la perfección.
Tenía los ojos enrojecidos, una expresión de abrumadora tristeza, y se secaba una lágrima inexistente de vez en cuando.
Frente a ellos, estaba el equipo de crisis.
El equipo legal de Grupo Estevez. El equipo de relaciones públicas de Natalia. Y presidiéndolo todo, un hombre de unos cincuenta años, con el cabello plateado y una sonrisa que no llegaba a sus ojos de tiburón.
Era Armando Mendoza, el director de la agencia de relaciones públicas más temida y efectiva de México.
El hombre al que llamabas cuando necesitabas hacer desaparecer un cuerpo, metafóricamente hablando.
Sobre la pantalla gigante de la sala, los titulares eran un desastre.
"Escándalo en el Club de Industriales: Prometida de Estevez Atacada por Rival".
"La Guerra de las Chefs: ¿Celos o Sabotaje?".
Fotos de Alejandra, pálida y empapada, siendo escoltada por guardias.
Fotos de Natalia, llorando en el hombro de Ricardo.
Mendoza dejó que el silencio se asentara, permitiendo que sus clientes sintieran el peso de la catástrofe.
Luego, con la calma de un cirujano a punto de empezar una operación a corazón abierto, comenzó a hablar.
—La situación es… delicada —dijo, un eufemismo que hizo que Ricardo apretara la mandíbula—. Pero no es insalvable.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...