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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 241

La primera luz del amanecer se filtró por los ventanales del penthouse, una luz pálida y sin calor que no hizo nada para disipar el frío que se había instalado en los huesos de Alejandra.

Se despertó con un escalofrío violento.

Su cuerpo era un mapa de dolor. Le dolían los músculos por la tensión, la garganta le ardía por el cloro y una fiebre baja pero persistente le nublaba la mente.

Era la secuela física de la noche anterior. Del frío del agua. De la humillación.

Una de las doncellas tocó suavemente la puerta y entró con una bandeja de desayuno.

Jugo de naranja recién exprimido, fruta cortada, pan tostado. Una ofrenda de paz silenciosa, ordenada por un amo ausente.

—Gracias, pero no tengo hambre —dijo Alejandra, su voz era un susurro ronco.

Cuando la doncella se fue, se levantó de la cama.

Cada movimiento era un esfuerzo.

Se dirigió al enorme baño de mármol y se miró en el espejo.

La imagen que le devolvió el reflejo fue la de una soldado después de una batalla brutal.

Estaba pálida, con ojeras oscuras bajo los ojos.

Y en su mejilla, la marca de la bofetada de Adrián todavía era visible.

Un hematoma violáceo que florecía sobre su piel, un recordatorio físico, tangible, de su humillación.

No lloró.

Trazó el contorno del hematoma con la punta de sus dedos, su tacto ligero como el de una pluma.

No era una herida. Era una medalla. Una promesa.

Ricardo no había vuelto a hablarle desde que la había dejado en la puerta la noche anterior.

El silencio en el lujoso apartamento era opresivo, más ruidoso que cualquier grito.

Era un silencio que decía: Eres una prisionera. Estás sola.

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