Ricardo no regresó a la fiesta.
Dejó la biblioteca y se dirigió directamente al estacionamiento, ignorando las miradas curiosas y las llamadas de su asistente.
Condujo sin rumbo por las calles vacías de la noche, el motor de su auto de lujo era un rugido sordo en el silencio.
La lógica era un veneno.
Una vez que te infecta, se extiende, corroyendo las mentiras cómodas, las certezas que has construido para protegerte.
La realización no llegó como una epifanía, una revelación de luz cegadora.
Llegó como una náusea.
Una sensación agria y revuelta en el fondo de su estómago.
Una inquietud profunda que se negaba a ser ignorada.
La frase de Sánchez. La respuesta de Alejandra. La risa de Natalia.
Las piezas del rompecabezas daban vueltas en su mente, negándose a encajar en la imagen que él quería ver.
No, no estaba convencido de la inocencia de Alejandra.
Su mente, condicionada por años de verla como una figura sumisa y luego como una rebelde problemática, se resistía a esa conclusión.
Verla como una víctima era admitir su propia ceguera, su propia crueldad.
Y su orgullo no se lo permitía.
Todavía no.
Pero lo que sí se había roto, de forma irreparable, era otra cosa.
Ya no estaba convencido de la victimización de Natalia.
Esa era la grieta.
La fisura en los cimientos de la confianza que había depositado ciegamente en ella.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...