Ricardo no se movió del pasillo hasta que la llamada de Natalia terminó.
Regresó a su habitación, pero no a su cama.
Se dirigió a su despacho, el santuario de lógica y control que era el corazón de su imperio y de su identidad.
Cerró la puerta, un gesto que no buscaba privacidad, sino aislamiento.
Necesitaba pensar.
La noche era un mar de silencio, roto solo por el zumbido de su computadora y el latido de su propio corazón, que de repente sonaba demasiado fuerte.
Se sentó en su silla de cuero, pero no encendió ninguna pantalla.
Se quedó mirando la oscuridad, obligando a su mente a rebobinar los eventos de las últimas horas, pero esta vez, no a través del filtro de la ira o de la lealtad ciega.
Esta vez, por primera vez, se obligó a usar la lógica.
La misma lógica fría y desapasionada que usaba para analizar un balance financiero o una estrategia de mercado.
Las piezas del rompecabezas estaban sobre la mesa de su mente, y se negaban a encajar.
La primera pieza: la frase del guardia.
La persona que no sabe nadar rara vez es la que inicia una pelea en el borde de una alberca.
La segunda pieza: la respuesta de Alejandra.
El miedo es un lujo. Hay cosas peores que ahogarse.
La tercera pieza: la risa de Natalia.
¿Viste su cara cuando se hundía? ¡Parecía una rata mojada!
Las tres piezas no pertenecían al mismo rompecabezas.
Eran de tres mundos diferentes.
La lógica del superviviente. La calma del mártir. La crueldad del depredador.
Lentamente, se obligó a reproducir mentalmente la escena de la alberca, no como la había percibido en el calor del momento, sino como un observador neutral.
Como lo había visto en el video de seguridad.
Si Alejandra realmente hubiera empujado a Natalia…
¿Por qué habría terminado ella en la parte más profunda de la alberca?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...