Entrar Via

El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 238

Ricardo no dijo nada más.

La enigmática respuesta de Alejandra lo había desarmado.

Sin otra palabra, se dio la vuelta y salió de la biblioteca, dejando la puerta abierta.

Unos minutos después, un guardia de seguridad entró y, con una voz desprovista de emoción, le dijo: "El señor Estevez dice que puede retirarse a sus aposentos".

Alejandra se levantó con dificultad, sus rodillas entumecidas, su cuerpo adolorido.

El camino de regreso al penthouse fue un borrón silencioso.

Cuando entró, la escena en el salón la golpeó como una segunda bofetada.

Natalia estaba allí, recostada en el sofá de diseño, envuelta en una bata de cachemira, con una taza de té humeante en las manos.

Lucía como una reina convaleciente en su castillo.

Al ver a Alejandra, pálida, empapada y con la marca roja todavía visible en su mejilla, la actuación comenzó.

—¡Ahí estás! —exclamó Natalia, su voz llena de una falsa y herida indignación—. ¿No tienes nada que decir? ¿Ni una disculpa?

Se llevó una mano al vientre, el gesto ya era un reflejo.

—Casi me matas del susto. A mí y a tu sobrino.

Alejandra la miró, sus ojos vacíos de toda emoción.

Estaba demasiado cansada para luchar. Demasiado agotada para participar en ese teatro.

Sin decir una palabra, la ignoró por completo.

Pasó de largo el sofá y se dirigió directamente hacia las escaleras que llevaban a su habitación.

La indiferencia fue un insulto que Natalia no pudo soportar.

—¡No me des la espalda! ¡Te estoy hablando! —gritó, su voz perdiendo la fragilidad y volviéndose aguda y estridente.

Alejandra no se detuvo.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra