La pregunta de Ricardo quedó suspendida en el aire tenso de la biblioteca.
No era una acusación. No era una orden.
Era una grieta en el muro de su arrogancia.
Una admisión silenciosa de que la narrativa que había construido en su mente ya no se sostenía.
Alejandra, todavía arrodillada sobre la alfombra persa, sintió el cambio.
Vio la confusión genuina en sus ojos, la primera que le había visto desde su renacimiento.
Él esperaba una explicación.
Una negación.
Quizás lágrimas, una historia de un trauma infantil que justificara su miedo.
Cualquier cosa que le diera una pieza más para su rompecabezas.
Ella no le dio nada de eso.
Lentamente, levantó la vista.
Sus ojos, que momentos antes ardían con desafío, ahora estaban extrañamente vacíos.
No era un vacío de desesperación.
Era el vacío de un paisaje después de la batalla. La calma desolada de alguien que ha visto cosas que él ni siquiera podía empezar a imaginar.
Su voz, cuando finalmente habló, era rasposa.
Un susurro frágil por el frío, por el cloro que todavía le quemaba la garganta, y por la falta de uso.
—El miedo es un lujo.
La respuesta fue tan extraña, tan inesperada, que Ricardo frunció el ceño, sin comprender.
Ella continuó, su mirada fija en un punto más allá de él, como si estuviera viendo fantasmas en la penumbra de la biblioteca.
—Hay cosas peores que ahogarse.
La frase no fue una explicación.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...