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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 230

Alejandra no se movió.

Se quedó de pie, anclada al suelo de la biblioteca por una fuerza invisible.

El eco de la orden de Ricardo —"Arrodíllate"— resonaba en su mente, una cacofonía de humillación y desafío.

Su cuerpo temblaba, una batalla silenciosa y violenta librándose en su interior.

Una parte de ella, la parte que recordaba el dolor, la caída, la impotencia de su vida pasada, le gritaba que obedeciera.

Que se arrodillara. Que sobreviviera. Que aguantara la humillación para poder luchar otro día.

Era la voz de la prudencia, la voz de la víctima.

Pero otra parte, una parte nueva, forjada en el fuego de su renacimiento y endurecida por cada traición, se rebelaba.

Era la voz de la dignidad.

Era la voz de su padre.

Era el recuerdo de la mirada de respeto de Graciela Arellano.

Era el eco del aplauso de la multitud.

Esa voz le susurraba una sola palabra: Nunca.

La lucha interna era visible en su rostro. Una palidez extrema, una mandíbula apretada, y sus ojos, que ardían con una intensidad febril.

Ricardo vio la vacilación. Vio la chispa de rebelión.

Y no pensaba tolerarla.

Dio un paso amenazante hacia ella. El movimiento fue lento, deliberado, el de un depredador que está a punto de forzar a su presa a someterse.

—No me obligues a hacerlo yo mismo.

La amenaza no era vacía.

Alejandra lo miró a los ojos. Vio la determinación fría, la promesa de una violencia que no dudaría en usar.

Sabía que la resistencia física era inútil.

Él era más grande, más fuerte. La forzaría a arrodillarse, y la humillación de ser sometida físicamente sería mil veces peor.

La batalla no se ganaría con los músculos.

Se ganaría con el espíritu.

Tomó una decisión.

Lentamente, con una deliberación que era un acto de desafío en sí mismo, se movió.

Cada movimiento era agónicamente lento.

Levantó un pie.

Luego el otro.

Caminó hacia el punto que él había señalado, el centro de la alfombra persa.

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