La sentencia había sido dictada.
Ahora venía la ejecución de la pena.
Ricardo no se movió de su sitio. No la tocó. No la amenazó físicamente. Su crueldad era más sofisticada, más profunda. No quería romperle los huesos. Quería pulverizarle el espíritu.
Sus ojos, fríos y calculadores, recorrieron la opulenta biblioteca.
Pasaron por las estanterías de caoba, por el escritorio de nogal, por los sillones de cuero.
Buscaban un escenario.
Un altar para su sacrificio.
Su mirada se detuvo en la gran chimenea de mármol negro al fondo de la habitación.
Estaba apagada, su boca oscura y vacía era un portal a la nada.
Frente a ella, extendida sobre el suelo de madera, había una magnífica alfombra persa, sus intrincados patrones de seda y lana contaban historias de imperios olvidados.
Era el lugar perfecto.
Ricardo levantó un brazo.
No fue un movimiento brusco. Fue un gesto lento, deliberado, casi real.
Su dedo índice se extendió, apuntando.
No a ella.
Sino a un punto específico en la alfombra, a unos tres metros de donde estaban, directamente frente a la chimenea apagada.
Un punto vacío.
Alejandra siguió la dirección de su dedo. Su mente, todavía aturdida por el golpe, no comprendió de inmediato.
La voz de Ricardo cortó su confusión como un látigo.
—Arrodíllate.

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Hasta ahora esta muy interesante...