El eco de la bofetada todavía vibraba en el aire cargado de la biblioteca, un eco que olía a violencia y a cuero viejo.
Alejandra no se movió.
No se tocó la mejilla ardiente.
No emitió ningún sonido de dolor.
El zumbido en su oído era un ruido blanco que ahogaba los latidos frenéticos de su propio corazón.
Lentamente, muy lentamente, giró la cabeza.
El movimiento fue rígido, casi mecánico, como el de una muñeca de porcelana rota.
Su mirada, nublada por el shock y el dolor punzante, pasó por encima de Adrián, el agresor, como si fuera un mueble sin importancia.
Pasó por encima de Natalia, la instigadora, que se escondía detrás de Adrián con una expresión de falsa conmoción.
Sus ojos encontraron a Ricardo.
Se clavaron en él.
No había lágrimas en ellos. No había súplica.
Ardían.
Ardían con una pregunta silenciosa, una pregunta que era más fuerte que cualquier grito, más profunda que cualquier acusación verbal.
Una pregunta que lo desnudó, que lo expuso, que lo juzgó.
"¿Y tú?".
"¿Vas a permitir esto?".
"¿Este es el hombre que eres?".
Ricardo vio la pregunta en sus ojos. Vio el desafío inquebrantable que se negaba a ser extinguido, incluso después de un golpe físico.
Y lo malinterpretó por completo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...