La orden de Ricardo fue un látigo invisible que movilizó a los guardias.
Dejaron de ser estatuas uniformadas y se convirtieron en instrumentos de su voluntad.
Se acercaron a Alejandra, sus pesadas botas de seguridad resonando en las baldosas.
No le ofrecieron una mano para ayudarla a levantarse.
No le preguntaron si estaba herida.
La levantaron.
Fue un movimiento brusco, impersonal, desprovisto de toda humanidad.
Sus manos se cerraron sobre sus brazos con la fuerza de grilletes, sus dedos clavándose en su piel mojada.
La pusieron de pie de un tirón, haciéndola tambalearse.
El agua goteaba de su vestido y de su cabello, formando un charco oscuro a sus pies sobre el impecable mármol color marfil.
Y entonces, comenzó la caminata.
La escoltaron a través de la terraza, uno a cada lado, sus cuerpos corpulentos formando una jaula humana a su alrededor.
La multitud, que había estado susurrando y grabando, se apartó.
No fue un gesto de respeto.
Fue el movimiento instintivo de una manada que se aleja de un miembro infectado, de un paria.
Se separaron como si ella fuera una leprosa, sus rostros una mezcla de curiosidad morbosa y desprecio.
El camino que abrieron frente a ella era el camino de la vergüenza.
Alejandra sintió cientos de ojos sobre ella.
No eran solo miradas. Eran juicios. Condenas.
Vio el brillo de las pantallas de los teléfonos móviles, levantados no de forma ostentosa, sino con una discreción culpable, grabando su humillación para la posteridad digital.
Su vestido empapado se le pegaba al cuerpo, revelando la fragilidad de su figura temblorosa.
El goteo de su ropa dejaba un rastro oscuro y sinuoso sobre el lujoso suelo de mármol, una serpiente de agua sucia que marcaba su paso.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...