El camino de la vergüenza terminó frente a dos imponentes puertas de caoba.
Uno de los guardias las abrió, revelando la biblioteca del club.
Era una habitación sacada de un sueño de poder y dinero viejo.
Las paredes estaban cubiertas de estanterías que se elevaban hasta un techo artesonado, llenas de libros encuadernados en cuero que nadie había tocado en décadas.
El aire olía a polvo, a papel avainillado y al aroma penetrante del coñac y los puros que se habían consumido allí durante generaciones.
Era un santuario de silencio y de decisiones que habían cambiado el destino de fortunas y familias.
Esta noche, sería una celda.
Los guardias no la guiaron adentro. La empujaron.
Fue un empujón seco, en la parte baja de la espalda, que la hizo tropezar y caer hacia adelante.
Aterrizó sobre una alfombra persa, sus manos amortiguando la caída.
La alfombra, gruesa y suave, absorbió el sonido.
Detrás de ella, las puertas de caoba se cerraron con un clic pesado y definitivo.
Luego, el sonido de una llave girando en la cerradura. Un sonido metálico que selló su destino.
Estaba sola. Y encerrada.
Lentamente, se puso de pie. El silencio de la habitación era absoluto, un marcado contraste con el murmullo hostil de la terraza.
Pero este silencio no era pacífico. Era opresivo.
Las paredes de libros parecían observarla, miles de ojos de cuero y oro juzgándola en la penumbra.
La única luz provenía de una pequeña lámpara de banquero con pantalla verde sobre un enorme escritorio de nogal.
Y entonces, el frío la golpeó de verdad.
No era solo el frío de su ropa mojada. Era un frío que venía de adentro, un frío óseo que le hacía castañetear los dientes.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...