Ricardo Estevez no miró a Alejandra.
No una sola vez.
Después de que su mirada de juez la sentenciara desde el otro lado de la alberca, la borró de su existencia. Ella se convirtió en un objeto, un problema logístico, una mancha antiestética en el tejido perfecto de su noche.
Su universo entero se había contraído hasta contener a una sola persona: Natalia.
Con una delicadeza que contradecía la furia que hervía bajo su piel, la levantó en sus brazos.
—Tranquila, ya pasó. Estoy aquí —le susurró, su voz, que había sido un arma contra Alejandra, ahora era un bálsamo para Natalia.
El coro de condenadores que rodeaba a Alejandra se abrió como las aguas del Mar Rojo para dejar pasar al magnate y a su preciada carga.
La gente suspiraba al verlos pasar, conmovidos por la devoción del hombre por su prometida embarazada. Era la imagen de un amor protector.
Ricardo no se detuvo a hablar con nadie. Atravesó la terraza con zancadas largas y decididas, su único objetivo era llevar a Natalia a un lugar seguro, lejos de las miradas, lejos del escándalo.
Lejos de la fuente de la contaminación.
Alejandra lo observó irse, su cuerpo todavía temblando incontrolablemente en el suelo.
La indiferencia de Ricardo era más dolorosa que el odio de la multitud.
El odio era un reconocimiento, una admisión de que ella existía, de que era una amenaza.
La indiferencia era una anulación.
Unos segundos después de que Ricardo desapareciera con Natalia en el interior del club, Adrián Morales se acercó al borde de la alberca.
No se dirigió a Alejandra. Se dirigió al jefe de seguridad del club, un hombre corpulento con un auricular que había llegado corriendo a la escena.
—Quiero los videos de las cámaras de seguridad de esta terraza —ordenó Adrián, su tono era el de alguien acostumbrado a que sus órdenes se cumplan sin cuestionamientos—. De los últimos veinte minutos. Inmediatamente.
Su intención era clara. No buscaba la verdad. Buscaba pruebas para solidificar la mentira.
Justo en ese momento, Ricardo regresó.
Había dejado a Natalia al cuidado de su madre y de un médico que casualmente se encontraba entre los invitados.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...