La oscuridad bajo el agua no era absoluta.
Era un crepúsculo azul, denso y pesado, donde el sonido moría y el tiempo se estiraba.
El pánico inicial de Alejandra había sido una explosión de energía inútil, una lucha frenética contra un enemigo líquido e indiferente.
Pero esa lucha se desvaneció, consumida por el agotamiento y la falta de aire.
Su cuerpo, pesado por el vestido empapado, comenzó su lento descenso.
La rendición fue casi dulce.
El ardor en sus pulmones se convirtió en un dolor sordo y distante.
El miedo se transformó en una extraña calma, una resignación helada.
El pensamiento que había cruzado su mente antes de que la conciencia la abandonara regresó: "Así que este es mi destino. Siempre".
La oscuridad en los bordes de su visión comenzó a cerrarse, un telón final descendiendo sobre el escenario de su corta y tumultuosa segunda vida.
Estaba muriendo.
Y una parte de ella lo aceptó.
Pero entonces, algo sucedió.
En el corazón de ese crepúsculo azul, en el silencio de su mente agonizante, una imagen floreció.
No fue un recuerdo borroso. Fue una sensación, nítida y vívida como si estuviera sucediendo en ese mismo instante.
Ya no estaba en la alberca clorada de un club de ricos.
Estaba en un río.
Un río en Oaxaca, de aguas claras y frescas que corrían sobre piedras lisas y redondas.
El sol de la tarde se filtraba a través de las hojas de los ahuehuetes, pintando manchas de luz dorada sobre el agua.
Tenía ocho años.
El agua le llegaba a la cintura y tenía miedo. La corriente, aunque suave, era una fuerza desconocida que tiraba de ella.
Y su padre estaba allí.
De pie en el agua, a solo unos metros de distancia, el agua salpicando contra sus pantalones arremangados. No parecía un chef. Parecía un gigante amable, una montaña de seguridad.
Su rostro estaba iluminado por el sol y por una sonrisa.
—¿Qué pasa, mija? ¿Te da miedo? —le había preguntado, su voz era una mezcla de risa y ternura.
Ella había asentido, sus pequeños hombros temblando.
—El agua te está ganando porque la estás peleando —le dijo él.
Se acercó, sus grandes manos creando pequeñas olas a su paso.
—El agua es vida, Ale. No la combatas. Si la golpeas, te golpeará de vuelta. Si luchas, te cansará y te hundirá.
Se arrodilló en el agua para que sus ojos estuvieran al mismo nivel.
—Escúchame bien. El secreto no es la fuerza. Es la confianza. Confía en ella y te sostendrá.

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Hasta ahora esta muy interesante...