El aire que entró en los pulmones de Alejandra no fue un bálsamo, sino un incendio.
Cada bocanada era una agonía, un recordatorio desgarrador de que el cuerpo, a veces, lucha por una vida que el alma ya ha dado por perdida.
Flotaba de espaldas, su cuerpo temblando incontrolablemente en el agua fría y clorada.
El recuerdo de la voz de su padre era un eco cálido en el caos helado de su mente, el único ancla que la mantenía a flote.
Con un esfuerzo que le pareció sobrehumano, movió los brazos.
Sus dedos, entumecidos y pálidos, encontraron el borde áspero y texturizado de la alberca.
Se aferró a él como si fuera el último trozo de tierra firme en un mundo que se hundía.
No tenía fuerzas para impulsarse hacia arriba.
Se arrastró.
Fue un movimiento primitivo, animal.
Sus rodillas se rasparon contra el concreto. Sus uñas se doblaron contra las baldosas.
Finalmente, con un gemido ahogado, logró sacar su cuerpo del agua.
Cayó sobre el suelo de mármol, un montón tembloroso y empapado.
El vestido beige, antes un símbolo de sumisión, ahora era una segunda piel fría y pesada que se le pegaba al cuerpo, revelando cada hueso, cada temblor.
Un charco de agua clorada se extendió a su alrededor, un espejo oscuro que reflejaba las luces parpadeantes del club.
Tosió de nuevo, una tos profunda y dolorosa que le sacudió todo el cuerpo, expulsando más agua.
Estaba viva.
Pero la supervivencia, se dio cuenta, era solo el preludio de un nuevo tipo de infierno.
Lentamente, con los músculos protestando por cada movimiento, levantó la vista.
Su visión, todavía borrosa, se aclaró.
La escena al otro lado de la alberca era una pintura renacentista de falso heroísmo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...