En la superficie, el mundo era un carnaval de caos y heroísmo manufacturado.
El chapoteo de los cuerpos de Ricardo y Adrián al entrar en el agua fue el pistoletazo de salida para el segundo acto del teatro de Natalia.
Los dos hombres, depredadores alfa compitiendo por el mismo trofeo, nadaron con una ferocidad que era casi hermosa en su brutalidad.
Sus trajes caros se pegaban a sus músculos, el agua clorada oscureciendo la tela, pero no había rastro de vacilación en sus movimientos.
Sus ojos estaban fijos en el objetivo: la figura chapoteando y tosiendo en la parte menos profunda de la alberca.
—¡Ricardo! ¡Adrián! —gritó Natalia, su voz era una mezcla perfecta de pánico y alivio.
Se aferró a ellos en cuanto llegaron, un ancla de fragilidad calculada.
—¡El bebé! ¡Tienen que salvar a mi bebé! —sollozó, asegurándose de que su prioridad fuera escuchada por todos los invitados que ahora se agolpaban en el borde de la alberca.
La escena era digna de una película.
Los dos hombres más poderosos de su círculo social, sosteniendo a la hermosa y embarazada prometida, sacándola del agua con gestos protectores.
Las cámaras de los teléfonos móviles, que nunca habían dejado de grabar, capturaron el momento desde todos los ángulos.
Los flashes de las cámaras de los paparazzi que habían logrado colarse crearon una tormenta de luz estroboscópica sobre la escena.
Era la imagen perfecta de la nobleza en acción.
El personal del club corrió con toallas de felpa y mantas térmicas. Los invitados suspiraban, sus corazones conmovidos por el drama.
Nadie miraba hacia el fondo.
Nadie notó la sombra que se hundía silenciosamente en la parte más profunda y oscura de la alberca.
Nadie, excepto un joven con una camiseta roja que decía "SALVAVIDAS" en letras blancas y descoloridas.
Se llamaba Javier, tenía diecinueve años y odiaba los eventos privados.
Había visto todo desde su puesto elevado al otro extremo de la alberca.
Vio el forcejeo. Vio la caída. Y, a diferencia de todos los demás, vio que habían caído dos personas.
Mientras el drama principal se desarrollaba en la orilla, él intentaba desesperadamente abrirse paso entre el muro de cuerpos vestidos de seda y esmoquin.
—¡Permiso! ¡Soy el salvavidas, por favor, abran paso! —gritaba, pero su voz se perdía en los gritos de pánico y excitación.
La gente lo empujaba, lo ignoraba, demasiado absorta en el espectáculo de los ricos y famosos.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...