El instinto de supervivencia es una cosa extraña y tenaz. Incluso cuando la mente se rinde, cuando la lógica dicta que la batalla está perdida, el cuerpo sigue luchando.
Mientras Alejandra se hundía, sus pulmones en llamas, una última chispa de ese instinto la sacudió. El pánico había agotado sus fuerzas, pero una orden final, desesperada, viajó desde su cerebro hasta sus extremidades.
Vio la forma de Ricardo pasar a su lado, un borrón de camisa blanca y piel tensa bajo el agua. No lo vio como el hombre que la odiaba, que la había enjaulado. Lo vio como una cuerda de salvamento. Como la única posibilidad de aire.
Con un esfuerzo que le pareció sobrehumano, extendió una mano.
Sus dedos se estiraron en la densidad del agua, pálidos y lentos, como los pétalos de una flor abriéndose a cámara lenta. Era un gesto de súplica silenciosa. Un último intento de conectar, de ser vista. Su mano se dirigió hacia la pierna de él mientras pasaba, un anhelo por el más mínimo contacto, por la más mínima prueba de que ella todavía existía en su mundo.
Él no la vio.
O no quiso verla.
Su enfoque era tan absoluto, su visión de túnel tan centrada en Natalia, que el mundo a su alrededor había dejado de existir. Alejandra, a centímetros de distancia, podría haber sido una estatua de mármol en el fondo de la alberca por toda la atención que le prestó. Estaba ciego a todo lo que no fuera su objetivo, su misión: rescatar a la mujer que, en su mente, era la víctima.
El momento se extendió, doloroso, elástico. La mano extendida. La pierna poderosa pasando a su lado. El casi contacto.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...