Justo cuando la amenaza de Adrián se disipaba en el aire acondicionado del bar, dos figuras aparecieron en la entrada, atrayendo las miradas de los pocos clientes que quedaban. Eran Ricardo Estevez y Natalia Fuentes.
Natalia, al ver a Adrián de pie junto a la mesa de Alejandra, soltó un pequeño grito ahogado, una actuación perfecta de angustia. Se soltó del brazo de Ricardo y corrió hacia Adrián, su rostro una máscara de preocupación.
—¡Adrián! ¿Qué haces? —su voz era un susurro urgente, lo suficientemente alto para que Ricardo lo oyera—. ¡Déjala en paz! ¡Te lo ruego, no vale la pena!
Se interpuso entre Adrián y la mesa, colocando una mano protectora en el pecho del cirujano, como si estuviera conteniendo a una bestia furiosa para proteger a la indefensa Alejandra. Era una obra maestra de manipulación, pintándose a sí misma como la pacificadora en un conflicto que no había provocado.
Ricardo llegó un segundo después, su rostro oscuro como una tormenta. Su mirada no se posó en Natalia, sino que pasó directamente de Adrián a Alejandra, y de vuelta. No era preocupación lo que había en sus ojos, sino una furia posesiva, territorial.
Se plantó entre Adrián y la mesa de Alejandra, creando una barrera física. Su cuerpo estaba tenso, listo para la confrontación.
—Morales, te dije que te mantuvieras al margen —dijo, su voz era un gruñido bajo y peligroso. La rivalidad entre ellos era un animal que siempre acechaba bajo la superficie—. Yo me encargo de ella.
La frase "yo me encargo de ella" goteaba posesión. No estaba defendiendo a Alejandra. Estaba reclamando su propiedad.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...