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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 202

El momento de paz fue efímero, un espejismo en el desierto.

Justo cuando Alejandra volvía a su vaso de agua, una sombra se deslizó sobre su mesa. No hubo sonido. Ningún "¿Está ocupado este asiento?". Simplemente una presencia que bloqueó la luz tenue del bar.

Levantó la vista y supo que la tregua había terminado.

Adrián Morales se sentó frente a ella.

Se movía con la economía de movimientos de un depredador, una fluidez silenciosa que era a la vez elegante e intimidante. No pidió permiso. Ocupó el espacio como si fuera suyo por derecho.

El hombre que había visto en los monitores, el patrocinador sonriente y carismático, había desaparecido. El que estaba sentado frente a ella era alguien completamente diferente. Su traje seguía siendo impecable, su cabello perfectamente peinado, pero su rostro era una máscara de fría y controlada rabia. Sus ojos, que en público brillaban con encanto, eran ahora dos esquirlas de hielo.

Colocó las manos sobre la mesa, entrelazando los dedos. Eran manos de cirujano: largas, firmes y peligrosamente quietas.

—Alejandra Robles —dijo. Su voz no era alta, pero cortaba el murmullo del bar como un bisturí. Era un tono bajo, amenazante, que vibraba con una furia apenas contenida—. Nos conocemos por fin.

Alejandra no respondió. Dejó que el silencio se estirara, observándolo, midiéndolo. Sabía quién era. El caballero andante de Natalia. El perro de ataque con pedigrí.

—¿Te sientes orgullosa? —continuó él, su voz goteando veneno—. ¿Disfrutaste el espectáculo? ¿Disfrutaste humillando a una mujer que no te ha hecho nada?

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