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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 201

El bar del hotel Presidente Intercontinental era un santuario de lujo discreto. Maderas oscuras, luz tenue, el tintineo suave del hielo en los vasos y el murmullo apagado de conversaciones de negocios. Era el tipo de lugar diseñado para pasar desapercibido, un refugio para los poderosos después de un día de batallas corporativas.

Y era exactamente lo que Alejandra necesitaba.

Eligió la mesa más alejada, en un rincón oscuro con un sillón de cuero que le daba la espalda a la mayor parte del salón. Aún llevaba la filipina blanca de chef debajo de una chaqueta simple que se había puesto al salir. No había tenido tiempo, ni ganas, de cambiarse. La ropa de batalla todavía olía débilmente a humo y a especias.

Pidió un vaso de agua mineral con una rodaja de limón. El alcohol no le interesaba. Necesitaba claridad, no evasión.

Su teléfono, colocado boca abajo sobre la mesa de madera pulida, era una bestia inquieta. Vibraba cada pocos segundos, un zumbido sordo y persistente contra la madera. No necesitaba mirarlo para saber qué era. Mensajes de Valeria, sin duda eufórica. Notificaciones de Instagram y Twitter, donde su nombre probablemente ardía. Artículos de noticias de portales de gastronomía, analizando su platillo, su defensa, la humillación de Natalia.

Los ignoró a todos.

La victoria era un eco distante, un evento que le había sucedido a otra persona. No sentía la adrenalina del triunfo, solo el agotamiento profundo que sigue a una guerra. Había ganado, sí. Pero sabía que cada victoria solo servía para enfurecer más a sus enemigos, para hacerlos más desesperados, más peligrosos. La paz era un lujo que no podía permitirse.

Bebió un sorbo de agua, el frío del vaso un ancla en la realidad.

Observó a la gente en el bar. Hombres con trajes caros, mujeres con joyas discretas. Hablaban en voz baja, sus risas controladas. Era el mundo de Ricardo, el mundo de los Estevez. Un mundo del que ella nunca había sido parte, ni siquiera cuando vivía en su mansión. Siempre había sido una extraña, una pieza decorativa.

Ahora era una amenaza.

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