El tiempo se detuvo. El mundo se redujo a la distancia que los separaba en ese pasillo estéril. El zumbido de las luces fluorescentes era el único sonido, un zumbido bajo y constante como el de un nervio expuesto.
Ricardo la miró. Realmente la miró. Y lo que vio lo sacudió hasta los cimientos.
Su rostro era un torbellino, una guerra civil de emociones que luchaban por el control. Estaba la furia, por supuesto. Una rabia helada por el escándalo, por la humillación pública de Natalia, por la mancha en el apellido Estevez. Estaba la confusión, una niebla densa que le impedía pensar con claridad. ¿Cómo había pasado esto? ¿Cómo había orquestado ella una victoria tan devastadora desde el interior de la jaula en la que él mismo la había metido?
Estaba la humillación. No solo la de su familia, sino la suya propia. Ella lo había manipulado. Había usado su propia arrogancia, su necesidad de control, como un arma en su contra. Lo había leído, lo había anticipado, y lo había superado.
Y debajo de todo eso, luchando por salir a la superficie como una planta obstinada que rompe el concreto, estaba esa otra cosa. Esa emoción que lo irritaba, que lo enfurecía, que lo hacía sentir débil.
Admiración.
Era innegable. La miraba, de pie frente a él, sola, sin miedo, y no podía evitar admirar la pura audacia de su plan. La brillantez de su ejecución. La fuerza de su voluntad. Era la misma admiración que sentiría por un rival de negocios que le hubiera robado un imperio con una estrategia genial. Era un respeto a regañadientes, un reconocimiento de poder a poder.
Él no aplaudió en el estudio. No dijo nada ahora. Las palabras eran inútiles. Todo lo que sentía, toda su rabia, toda su confusión, toda su retorcida admiración, estaba en su mirada. Era una pregunta silenciosa y brutal: ¿Quién eres?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...