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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 173

La puerta de metal se cerró con un eco sordo y definitivo, sellando a Alejandra en el frío silencio de la despensa.

El cambio de atmósfera fue abrupto. Afuera, el caos controlado del estudio de televisión: luces calientes, el estruendo de la producción, el olor a cien platillos diferentes naciendo a la vez. Adentro, la calma gélida de un almacén funcional. El aire olía a cartón, a vegetales fríos y a la limpieza antiséptica del acero inoxidable.

Estantes de metal se alineaban en largas hileras, cargados con productos básicos. Sacos de harina y azúcar, bidones de aceite vegetal, cajas de pasta, latas de tomate. En una sección refrigerada, cajas de pollo, cortes de res modestos, cebollas, papas, zanahorias. Era el inventario de un supermercado, no el tesoro de un chef.

Alejandra caminó por el pasillo, sus pasos resonando en el silencio. Su mente era una biblioteca de sabores, buscando una conexión, una chispa.

Ignoró el pollo. Ignoró las papas. Ignoró las cebollas. Eran ingredientes honestos, pero no contaban la historia que ella necesitaba contar. El desafío era "la raíz de la cocina mexicana", y las raíces eran más profundas que un simple sofrito.

Sus ojos, agudos y entrenados, buscaban algo más fundamental, algo que los chefs de la alta cocina, en su búsqueda de lo exótico y lo nuevo, a menudo olvidaban.

Y entonces, en un rincón, apilados casi como una ocurrencia tardía, los vio.

Eran huacales de madera, simples y sin pretensiones. Dentro, descansaban mazorcas de maíz criollo. No el maíz amarillo y uniforme del supermercado, sino una variedad de colores: azul profundo, rojo sangre, blanco perlado. Cada mazorca era una promesa de sabor, de historia, de tierra.

Junto a ellos, una canasta de mimbre rebosaba de flores de calabaza frescas, sus pétalos de un naranja vibrante, delicados como el papel de seda.

Y al lado, en una caja de madera con un poco de tierra aún adherida, estaba el tesoro.

Huitlacoche.

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