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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 165

El tiempo en un concurso de cocina es un animal diferente. No fluye; se evapora. Cada segundo perdido es un fantasma que te perseguirá hasta el final.

Habían pasado cinco minutos.

En el universo del estudio, cinco minutos eran una eternidad. El aire ya estaba saturado de olores complejos que se mezclaban y competían. El sonido era un crescendo constante: el siseo del aceite caliente, el golpeteo rítmico de los cuchillos contra las tablas, el zumbido de las licuadoras. Todos los chefs estaban inmersos en un trance de concentración, sus cuerpos moviéndose en una danza frenética y precisa.

Todos, excepto la figura solitaria de la estación trece.

La estación de Alejandra seguía prístina, un oasis de inactividad en medio del huracán culinario. Sus cuchillos estaban alineados, sus boles apilados. Vacíos. Su mesa de acero inoxidable, limpia y reluciente, reflejaba las luces del estudio como un espejo helado.

Alejandra no entró en pánico. El pánico era un lujo que no podía permitirse. El pánico era lo que ellos querían. En cambio, actuó.

Con una calma que era en sí misma un acto de desafío, levantó la mano. No la agitó. Simplemente la levantó, un gesto limpio y deliberado, hasta que captó la atención de uno de los productores que corría por el pasillo con unos audífonos y una tabla con papeles.

El joven, de unos veinte años y con el rostro perlado de sudor por el estrés, se acercó a ella.

—¿Sí, chef? ¿Algún problema con el equipo? —preguntó, su voz un poco sin aliento.

—Disculpe —dijo Alejandra, su tono era educado, casi sereno—. Creo que olvidaron mi caja de ingredientes.

El productor frunció el ceño, confundido. Miró la estación vacía y luego la lista en su tabla. Pasó el dedo por la página, buscando.

—Robles… Alejandra Robles… Estación trece —murmuró para sí mismo. Su dedo se detuvo—. No, aquí está. Caja número trece, solicitando… chiles Pasle y especias de la sierra Mixe.

Levantó la vista hacia ella, su expresión ahora perpleja.

—Aquí dice que su caja fue cargada en el camión esta mañana. El manifiesto está firmado. Debería estar aquí.

—Bueno, no lo está —respondió Alejandra, su calma empezando a mostrar un filo de acero.

—Claro, eh… déjeme revisar —dijo el productor, su nerviosismo aumentando visiblemente. Podía sentir los ojos de las cámaras sobre ellos. Un problema técnico tan temprano era una pesadilla para la producción.

Se dio la vuelta y se fue corriendo hacia la zona de backstage, gritando el nombre de alguien en sus audífonos.

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