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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 163

Lejos del calor de las hornillas y del caos controlado del estudio, reinaba una atmósfera de calma y lujo. La zona de patrocinadores era un santuario de sofás de piel, canapés gourmet y copas de champán que nunca se vaciaban. Grandes monitores de alta definición colgaban de las paredes, mostrando cada ángulo del concurso como si fuera un evento deportivo de élite.

Adrián Morales estaba recostado en un sillón de diseño, con una pierna cruzada sobre la otra. Sostenía una copa de agua mineral con gas, sin tocarla. Su atención estaba fija en uno de los monitores, sus ojos siguiendo el punto blanco que era la filipina de Alejandra en la estación número trece.

Observó su calma, su metódico paseo hacia la despensa, la forma en que eligió sus ingredientes. No había pánico en ella. Había una confianza que a él le resultaba irritante, casi ofensiva. Era la confianza de alguien que cree que las reglas se aplican a todos por igual.

Una sonrisa delgada, casi imperceptible, se dibujó en sus labios. Era hora de enseñarle una lección sobre cómo funcionaba el mundo real.

Sacó su teléfono móvil, un aparato elegante y minimalista. Se desplazó por su lista de contactos, un verdadero directorio del poder en México, y se detuvo en un nombre guardado con una eficiencia anónima: "Logística del Evento".

Llevó el teléfono a su oído, su cuerpo girando ligeramente para dar la espalda al resto de la sala, creando una burbuja de privacidad.

—Habla Morales —dijo en voz baja cuando contestaron al otro lado. No hubo saludos, no hubo formalidades. Su tono era el de un hombre acostumbrado a la obediencia instantánea.

—Señor Morales. Estamos a sus órdenes.

—¿Está todo listo? —preguntó Adrián, sus ojos todavía pegados a la pantalla, donde Alejandra ahora organizaba sus chiles secos sobre la mesa de acero.

—Sí, señor. Tal como lo indicó. El manifiesto de carga ha sido alterado. El sistema muestra que todas las cajas fueron entregadas.

—Excelente —dijo Adrián, su voz era un susurro autoritario y helado—. Ahora quiero que te asegures de que la caja número trece sufra un… accidente logístico irreversible.

Hizo una pausa, dejando que el peso de sus palabras se asentara.

—Que no haya rastro de ella. Si alguien pregunta, se perdió en el tránsito, se cayó del camión, fue robada por un fantasma. No me importa la excusa, mientras sea definitiva. No quiero errores. No quiero cabos sueltos. ¿Está claro?

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