El grito de "¡Ahora!" del presentador fue la señal de salida. Diecinueve chefs se lanzaron a la acción como si hubieran disparado una pistola. Hubo un estruendo de pies corriendo, de puertas de refrigeradores abriéndose, de ollas y sartenes siendo seleccionados de las repisas. El caos organizado de una cocina profesional bajo presión.
Pero Alejandra no se movió.
Se quedó quieta en su estación, la número trece, con las manos apoyadas ligeramente sobre la superficie de acero inoxidable. Ignoró el frenesí a su alrededor y cerró los ojos por un instante.
"Raíz de la cocina mexicana".
El tema no era un desafío para ella. Era un regalo. Era el lenguaje que su padre le había enseñado a hablar, la base de todo su conocimiento. Podía sentir el pulso de esa palabra en su sangre.
Mientras los otros chefs corrían hacia la despensa, acaparando ingredientes familiares —jitomates, cebollas, maíz, aguacates—, la mente de Alejandra viajó. No a un libro de recetas, sino a un recuerdo.
Se vio a sí misma, una versión más joven, en la cocina cálida y rústica de su casa en Oaxaca. El aire estaba impregnado del aroma de chiles tostándose en un comal. Su padre estaba a su lado, sus manos guiando las de ella.
Estaban preparando un mole ceremonial, una receta que había estado en su familia por generaciones. No era el mole negro que Natalia había robado. Era algo mucho más profundo, más antiguo. Un tesoro familiar que nunca habían compartido con nadie fuera de su círculo más íntimo.
Recordó la voz de su padre, baja y reverente. "Este, mija, es el corazón de la sierra. El secreto no está en la cantidad de ingredientes, sino en el equilibrio. Y el alma de ese equilibrio es este".

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...