El estudio de televisión era un monstruo de metal, luz y sonido. Un hangar cavernoso transformado en una catedral de la alta cocina. El aire olía a acero inoxidable recién limpiado, a cables eléctricos y a la sutil fragancia del pánico de veinte jóvenes chefs.
Veinte estaciones de cocina idénticas, cada una un altar de acero brillante equipado con la última tecnología, se distribuían en un semicírculo perfecto. Grúas de cámara se deslizaban por encima como aves rapaces silenciosas, y un público en vivo, mantenido en una penumbra respetuosa, llenaba las gradas, sus murmullos creando un zumbido constante de anticipación.
Alejandra estaba en la estación número trece. Una broma del destino que casi la hizo sonreír. Llevaba una filipina blanca e impecable, con su nombre, "Alejandra Robles", bordado en hilo negro sobre el pecho. Se sentía como una armadura.
Mientras los otros concursantes se movían nerviosamente, revisando sus cuchillos por décima vez o ajustando sus mandiles, ella permanecía quieta. Con una calma que irritaba a quienes la observaban, inspeccionaba su equipo: el horno de convección, la placa de inducción, la batidora planetaria. Cada aparato era una herramienta, y ella necesitaba conocer sus armas.
De repente, las luces del estudio se intensificaron, bañando el escenario en un blanco brillante y cegador. La música subió de volumen y el presentador del programa, el chef Mariano Luján, una celebridad carismática con una sonrisa de un millón de dólares, irrumpió en el centro del plató.
—¡Buenas noches y bienvenidos a la competencia culinaria más emocionante de México! —rugió, su voz amplificada por los altavoces—. ¡Esto es... Joven Chef de México!
El público estalló en aplausos.
—¡Esta noche, veinte de los talentos más brillantes de nuestra nación comienzan el viaje de sus vidas! —continuó Mariano, caminando entre las estaciones, su energía llenando cada rincón—. ¡Solo uno se coronará como el Joven Chef de México, ganando un premio que cambiará su carrera y el respeto de toda una industria!
Las cámaras se centraron en los rostros nerviosos de los concursantes.
—¡Pero para ganar, tendrán que impresionar a nuestro implacable panel de jueces!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...