Dos días después, la maquinaria de relaciones públicas del concurso "Joven Chef de México" se puso en marcha. Un comunicado de prensa oficial fue enviado a todos los medios de comunicación importantes del país. La noticia apareció simultáneamente en las secciones de sociales y gastronomía de los periódicos más influyentes, y en los portales de noticias en línea.
El titular era siempre el mismo: "Revelada la Lista Final de Concursantes para la Competencia Culinaria del Año".
La lista era un quién es quién de las jóvenes promesas de la cocina mexicana. Nombres de restaurantes de moda en la Roma y la Condesa. Jóvenes chefs que ya tenían seguidores de culto en Instagram. Era un grupo selecto, ferozmente competitivo.
Alejandra lo vio primero en la versión digital del periódico Reforma. Estaba en su habitación, sentada en el suelo con la espalda contra la cama, una taza de té de manzanilla en las manos. Su corazón dio un vuelco al ver el artículo.
Con dedos temblorosos, se desplazó hacia abajo, pasando los nombres conocidos, buscando el suyo. Y allí estaba. El último de la lista.
"Alejandra Robles".
Un suspiro de alivio se le escapó. Era real. Estaba dentro. Por un instante, una oleada de pura emoción la recorrió. A pesar de la trampa, a pesar de sus enemigos, había llegado. Su nombre estaba allí, impreso, una declaración de su existencia en ese mundo.
Pero entonces, sus ojos notaron algo más. Un pequeño carácter junto a su nombre. Un asterisco.
Sintió un nudo frío en el estómago. Se desplazó hasta el final del artículo, buscando la nota al pie de página correspondiente. Y la encontró. Una sola frase, enterrada en la letra pequeña, pero diseñada para ser encontrada.
"*Invitación especial del comité organizador por su destacada e innovadora contribución a la cocina botánica."
Alejandra leyó la frase una, dos, tres veces. La sangre se le heló en las venas.
Entendió la jugada de Adrián en toda su brillante y cruel magnitud.
No la había metido por la puerta de atrás. La había hecho entrar por una puerta lateral dorada, con un foco apuntándole directamente a la cara. No la había ocultado; la había señalado. El asterisco no era una nota al pie. Era una marca. Una diana.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...