Ricardo Estevez estaba en la cima del mundo, o al menos, en la cima de la Ciudad de México. La sala de juntas de Grupo Estevez ocupaba el último piso de su rascacielos corporativo, un nido de águila de cristal y acero que dominaba el Paseo de la Reforma.
Estaba en medio de una presentación crucial, cerrando un acuerdo multimillonario con un consorcio de inversionistas alemanes. El ambiente era tenso, pero controlado. Ricardo estaba en su elemento, moviéndose con la confianza depredadora de un hombre que rara vez escuchaba la palabra "no".
Justo cuando estaba a punto de presentar la proyección de ganancias final, la puerta de la sala de juntas se abrió discretamente. Su secretario, un joven eficiente y perpetuamente nervioso llamado Javier, se deslizó dentro. Tenía una tablet en la mano y una expresión de pánico mal disimulado en el rostro.
Ricardo le lanzó una mirada que habría congelado el infierno. Una interrupción en una reunión de este calibre era un pecado capital.
Javier se acercó, casi de puntillas, y le colocó la tablet sobre la mesa, con la pantalla encendida. Susurró, su voz apenas audible.
—Señor, creo que tiene que ver esto. Acaba de publicarse.
Ricardo, conteniendo su ira, miró la pantalla. Era el artículo del periódico, el anuncio de los concursantes del Joven Chef. Su primer pensamiento fue de fastidio. ¿Lo había interrumpido para esto?
Pero entonces, sus ojos recorrieron la lista. Y se detuvieron.
Vio el nombre. "Alejandra Robles".
Y junto a él, el asterisco.
Su mente tardó un segundo en procesarlo. Leyó la nota al pie de página. "Invitación especial del comité organizador".
Los inversionistas alemanes, los gráficos de ganancias, el acuerdo multimillonario… todo se desvaneció. Un velo rojo de furia pura y absoluta descendió sobre su visión.
No vio una estrategia. No vio una trampa. Solo vio un acto de desafío directo y deliberado. Vio a Alejandra, la mujer que había encerrado en su penthouse para "protegerla", escupiendo en su cara, buscando activamente un enfrentamiento público con su prometida, con su familia.
La frágil paz que intentaban proyectar, la imagen de unidad que su abuelo le había ordenado construir, todo estaba siendo amenazado por la insaciable necesidad de atención de esa mujer.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...