Alejandra no dejó pasar mucho tiempo. La desesperación, aunque fuera fingida, no podía permitirse el lujo de la paciencia. Dejó que transcurriera una hora, el tiempo suficiente para que pareciera que había sopesado la "generosa oferta" y consultado con su almohada.
Luego, con el corazón latiendo a un ritmo constante y decidido, marcó el número que el asistente de Adrián le había enviado.
La llamada fue contestada al primer tono, como si él hubiera estado esperando junto al teléfono.
—Adrián Morales.
—Señor Morales, habla Alejandra Robles —dijo ella, su voz cuidadosamente modulada para sonar agradecida, humilde, y con un toque de asombro.
—Señorita Robles. Alejandra. Espero haberle dado buenas noticias.
—No sabe cuánto, señor Morales. He hablado con mi socia y… de verdad, estoy abrumada.
Era un duelo de subtexto, una partida de ajedrez jugada con palabras amables y sonrisas invisibles. Cada frase tenía un doble fondo, cada cortesía era una finta.
—La excelencia no debería ser abrumadora, Alejandra, debería ser celebrada —respondió Adrián, su tono era el de un mecenas de las artes—. El único crimen sería que su talento se quedara en la sombra. ¿Debo entender que ha tomado una decisión?
—Sí —dijo Alejandra, haciendo una pausa para añadir dramatismo—. Señor Morales, le agradezco inmensamente su generosa oferta. Sería un honor para mí participar en el concurso. Acepto.
"Acepto tu desafío", fue lo que no dijo. "Entro en tu arena voluntariamente".
—¡Excelente! —la voz de Adrián sonaba genuinamente complacida. Era el sonido de una trampa cerrándose sobre su presa—. Sabía que tomaría la decisión correcta. No se arrepentirá. El comité organizador se pondrá en contacto con usted mañana para formalizar todo. Considérese dentro.

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Hasta ahora esta muy interesante...