El silencio que siguió a la oferta de Adrián fue breve, pero denso. Alejandra podía oír el zumbido casi imperceptible de los sistemas de ventilación del penthouse, un sonido que nunca antes había notado. En esa quietud, la propuesta de Adrián colgaba en el aire, brillante y afilada como una navaja de obsidiana.
—Señor Morales, me deja sin palabras —dijo finalmente, inyectando la cantidad justa de sorpresa y gratitud en su voz—. No sé qué decir.
—No diga nada todavía —respondió Adrián, su tono era magnánimo, el del benefactor que disfruta de su propio poder—. Piénselo. Hable con su gente. Mi asistente le enviará mi número de contacto directo. Llámeme cuando haya tomado una decisión. Aunque espero, por el bien de la gastronomía, que sea la correcta.
Otro clic. La llamada había terminado.
Alejandra apartó el teléfono de su oreja y lo dejó sobre la mesa de centro como si quemara. Se quedó mirando el aparato, la pantalla ahora oscura, como un pequeño espejo negro que reflejaba su propio rostro tenso.
No necesitó pensarlo. No necesitó hablar con nadie. Sabía exactamente lo que era. La trampa más antigua del mundo, envuelta en el papel de regalo del ego y la oportunidad.
Pero necesitaba una segunda opinión. Necesitaba la voz de la cordura, la voz que no estaba nublada por el deseo de venganza.
Tomó su teléfono de prepago y marcó el único número que tenía guardado.
—¿Fresita? ¿Qué pasó? —la voz de Valeria sonó al segundo tono, siempre alerta.
—Ha movido ficha —dijo Alejandra, y procedió a contarle la conversación, palabra por palabra, imitando incluso la falsa cordialidad de Adrián.
Valeria escuchó en silencio. Cuando Alejandra terminó, la respuesta fue inmediata y visceral.
—¡Te lo dije! ¡Te lo dije, carajo! —la voz de Valeria era un gruñido de rabia protectora a través del teléfono—. ¡Es una trampa! ¿No lo ves? ¡Es tan obvio que hasta un ciego lo vería!
—Lo veo, Valeria. Claramente.
—¡Quieren meterte ahí para humillarte! ¡Para hacerte pedazos frente a todo el mundo! Te darán ingredientes imposibles, te cambiarán los tiempos, pondrán a la pinche Natalia a criticarte hasta que llores. ¡Quieren un espectáculo, Alejandra, y tú eres el puto payaso que quieren sacar a la pista para que todos se rían!
El torrente de palabras de Valeria era crudo, directo y lleno de una verdad innegable. Era exactamente lo que Alejandra necesitaba oír, no para disuadirla, sino para confirmar sus propias sospechas.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...