Al día siguiente, Adrián Morales no fue a su clínica de cirugía plástica en las Lomas. Ese era su trabajo diurno, el rostro público de su éxito. En su lugar, se dirigió al verdadero centro de su poder: un discreto edificio de oficinas en Santa Fe que albergaba la sede de "Morales Farmacéutica", el imperio que su abuelo había construido y que él algún día heredaría.
Su oficina no era el consultorio de un médico. Era la sala de guerra de un general. Minimalista, con superficies de cristal y acero, dominada por una enorme mesa de juntas y múltiples pantallas en la pared. Aquí no se esculpían rostros; se diseccionaban mercados, se adquirían competidores y se planeaban estrategias a largo plazo.
Cuando entró, su equipo de analistas ya estaba de pie. Eran jóvenes, brillantes y despiadados, los mejores que el dinero podía comprar. Sobre la mesa de juntas, había una sola carpeta de cuero negro.
—El expediente que pidió, señor Morales —dijo el jefe de analistas, un joven llamado Iñaki—. Alejandra Robles.
Adrián se sentó a la cabecera de la mesa. No abrió la carpeta.
—Resumen —ordenó.
Iñaki tocó una pantalla, y las paredes cobraron vida con información. Fotos, diagramas, líneas de tiempo.
—Alejandra Robles. Dieciocho años. Huérfana. Su padre, un conocido gastrónomo, murió hace dos años. Su madre, fallecida hace mucho tiempo. Protegida de la familia Estevez por una antigua deuda de honor. Actualmente reside en el penthouse de Ricardo Estevez.
La información fluía, concisa y brutal. Su desempeño académico, impecable. Su historial social, casi inexistente hasta los últimos meses. Su repentina aparición en la escena social. La gala. El festival. El escándalo de #LadySabotaje.
Vieron el video de la confesión de Paulina. Adrián lo observó sin pestañear.
—Aficionado —murmuró, refiriéndose al sabotaje, no al video—. Un ataque frontal y burdo.
El analista continuó, mostrando artículos sobre el éxito de "Raíz de Origen" en Coyoacán, las entrevistas, los comentarios positivos en redes sociales.
—Tiene un apoyo público considerable —concluyó Iñaki—. La narrativa actual la posiciona como una víctima convertida en heroína. Una emprendedora auténtica luchando contra el sistema.
Adrián se reclinó en su silla, sus dedos entrelazados sobre la mesa. Analizó la información, no con la emoción ciega de la noche anterior, sino con la fría lógica de un estratega.
Reconoció el patrón. La victoria sobre Sofía no fue suerte; fue una ejecución impecable de guerra de información. La humillación de Natalia en el festival no fue un arrebato; fue una operación de inteligencia que requirió investigación y planificación. El contraataque de #LadySabotaje fue una obra maestra de manipulación mediática.
Esta chica, esta Alejandra Robles, no era una tonta impulsiva como Sofía. No era una diva emocional como Natalia. Era como él. Era una estratega.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...