El sol se ponía sobre la ciudad, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y púrpuras que se filtraban a través de los ventanales de la suite. La luz moribunda trazaba largas sombras en la habitación, envolviendo a Adrián y a Natalia en una intimidad artificial.
Natalia mantuvo su pose de fragilidad, observando a Adrián a través de sus pestañas húmedas. Había lanzado su veneno. Ahora esperaba que hiciera efecto.
Adrián se levantó del sofá. No caminó por la habitación, no miró por la ventana. Se movió con la deliberación de un hombre que ha tomado una decisión irrevocable. Se arrodilló frente a ella.
No fue un gesto romántico. Fue un juramento.
Tomó las manos de Natalia entre las suyas. Estaban frías. O tal vez era la frialdad de su propia rabia la que le hacía sentirlas así.
—Nati —dijo, y su voz, aunque suave, tenía el peso del acero—. Mírame.
Ella levantó la vista, sus ojos eran dos pozos de miseria calculada.
—Escuché cada palabra que dijiste —continuó él, su mirada intensa, inquebrantable—. Y te creo.
El alivio que inundó el rostro de Natalia fue casi imperceptible, pero Adrián lo vio y lo interpretó como la validación de sus sospechas. Era la prueba de que ella realmente estaba aterrorizada.
—Mientras yo estaba en Europa, esta… persona… te ha estado haciendo la vida imposible. Ha manchado tu nombre. Ha atacado a tu familia. Y eso es algo que no voy a tolerar.
Su pulgar acarició el dorso de la mano de ella, un gesto que pretendía ser reconfortante, pero que se sentía extrañamente posesivo.
—No permitiré que nadie te haga daño —dijo, y las palabras salieron no como una promesa vacía, sino como una sentencia—. Me encargaré de Alejandra Robles.
Hizo una pausa, saboreando el nombre en sus labios, asociándolo con toda la angustia que veía en el rostro de Natalia.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...