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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 134

El lugar elegido para la reunión fue una cafetería en la colonia Condesa. Era el territorio neutral perfecto: lo suficientemente de moda para que Paulina no sospechara, pero lo suficientemente ruidoso y concurrido para que dos mujeres hablando pasaran desapercibidas.

Valeria llegó veinte minutos antes. Se pidió un americano y eligió una mesa pequeña, no en un rincón, sino en medio del flujo de gente. Era el mejor lugar para esconderse a plena vista. Sacó su teléfono, lo apoyó contra el azucarero y fingió estar leyendo un artículo. La cámara, sin embargo, estaba activada, su pequeño lente apuntando directamente a la mesa vacía junto a la ventana. El micrófono, sensible, estaba listo para capturar cada palabra.

Alejandra llegó cinco minutos después. Se había transformado. Llevaba un pantalón de vestir y un blazer oscuro que le había pedido prestado a la esposa de uno de los mecánicos de Valeria. Se había recogido el pelo en un moño severo y llevaba unos lentes de lectura sin graduación. No parecía una estudiante. Parecía una abogada joven, ambiciosa y peligrosa.

Cuando Paulina entró, buscó con la mirada a la mujer de la foto de perfil. Vio a Alejandra y se acercó, su rostro era una mezcla de nerviosismo y excitación codiciosa. Llevaba su bolso Birkin, el trofeo de su traición, colocado prominentemente en su brazo.

—¿Licenciada Morales? —preguntó.

—Señorita De la Garza. Por favor, siéntese —dijo Alejandra, su voz era un par de tonos más grave, más formal.

Comenzaron la conversación. Alejandra, en su papel de abogada, era brillante. Hizo preguntas técnicas, usando la jerga que había investigado la noche anterior.

—Para construir un caso sólido, necesito detalles, Paulina. ¿Le hicieron una prueba de parche para identificar el alérgeno específico? ¿Tiene el informe del dermatólogo? ¿La biopsia cutánea mostró una reacción a nivel celular?

Paulina, que solo había ensayado gritar y llorar, comenzó a enredarse.

—Bueno… el doctor dijo que era muy grave… —tartamudeó—. No me dio un papel, fue en la sala de emergencias.

—¿Qué sala de emergencias? Necesito el registro de admisión —presionó Alejandra, su pluma haciendo clics impacientes contra su libreta.

—Fue… fue una clínica privada. No recuerdo el nombre.

—¿Y la crema? ¿Guardó el frasco para el análisis de laboratorio? Es la prueba principal.

—Eh… no. Los de la COFEPRIS se lo llevaron todo.

Cada respuesta era una mentira que se derrumbaba sobre la anterior. Paulina empezó a sudar bajo su impecable maquillaje. Esta "abogada" era demasiado buena, demasiado precisa. El pánico comenzó a reemplazar la avaricia.

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