Paulina salió de la cafetería como un fantasma, con el rostro pálido y manchado de rímel, dejando tras de sí el aroma a café y a confesión amarga.
Valeria se acercó a la mesa de Alejandra, deteniendo la grabación y guardando su teléfono como si fuera un arma recién utilizada. Se sentó, una sonrisa de depredador en su rostro, la adrenalina de la victoria brillando en sus ojos.
—¡Lo tenemos! —exclamó en un susurro excitado, golpeando la mesa con el puño—. ¡Lo tenemos todo! ¡La confesión, el nombre, el motivo! ¡Esa pinche Sofía está acabada! ¡Vamos a la policía ahora mismo! ¡Vamos a meter a esas viejas al bote!
Su entusiasmo era un fuego, una necesidad visceral de justicia rápida y convencional. Quería ver a Sofía y a Paulina esposadas, enfrentando a un juez. Quería que el sistema, que tan a menudo le fallaba a la gente de su barrio, por una vez funcionara.
Alejandra, sin embargo, negó con la cabeza lentamente. La euforia de la confesión no la había embriagado. Al contrario, la había dejado con una claridad fría y absoluta.
—No, Vale —dijo, su voz era tranquila pero firme, apagando el fuego de su amiga con la lógica implacable que había aprendido a la fuerza—. No vamos a ir a la policía.
Valeria la miró, confundida. —¿Qué? ¿Por qué no? ¡Tenemos la prueba! ¡Una confesión grabada!
—Una confesión obtenida bajo coacción, dirán sus abogados —replicó Alejandra—. Un video que editaron, dirán sus expertos. Una mentira de dos delincuentes resentidas, dirá su equipo de relaciones públicas.
Se inclinó sobre la mesa, su expresión era seria, la de una maestra explicando una dura lección de vida.
—La policía se puede comprar. Los jueces tienen precio. La justicia de los Estevez es más poderosa que la ley. ¿Crees que un video grabado en un celular va a detenerlos? Enterrarían el caso en una semana. Nos acusarían a nosotras de extorsión. Y para cuando quisiéramos darnos cuenta, estaríamos enfrentando cargos, no ellas.
La dura verdad de sus palabras aplacó la emoción de Valeria, reemplazándola con una frustración sombría. Sabía que Alejandra tenía razón.
—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó, su voz despojada de su energía anterior—. ¿Dejamos que se salgan con la suya?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...