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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 131

La mañana siguiente, el sol se filtraba por las rendijas de la puerta del taller, iluminando partículas de polvo que danzaban en el aire. El olor a café recién hecho de la cafetera del padre de Valeria se mezclaba con el aroma a metal. La furia de la noche anterior se había transformado en una energía fría y enfocada.

Alejandra le pasó una taza de café a Valeria. Tenían ojeras, pero sus ojos brillaban con una nueva luz. La de la cacería.

—La policía no hará nada —dijo Alejandra, sentándose en la misma caja de herramientas—. Para ellos, es un caso cerrado. Una queja sanitaria. Los análisis de la COFEPRIS tardarán semanas, y para entonces, el daño estará hecho. Necesitamos movernos rápido y por nuestra cuenta.

Valeria tomó un largo sorbo de café, el líquido caliente pareció avivar su fuego interior. —Estás hablando mi idioma, fresita.

—Necesito que uses tus… habilidades especiales —dijo Alejandra, una pequeña sonrisa tirando de sus labios—. Tu gente.

Valeria sonrió de vuelta, una sonrisa llena de dientes que prometía problemas para alguien. —Mis habilidades especiales, ¿eh? Consideralo hecho. El FBI del barrio está a tu servicio.

La operación comenzó esa misma mañana. Valeria no trabajaba con bases de datos ni con sistemas de vigilancia. Su red era de carne y hueso, tejida con los hilos de la confianza, los favores y la vida compartida en las calles de la ciudad.

Su primera parada fue "El Rincón del Chip", un pequeño local en el Eje Central, atiborrado de teléfonos de segunda mano, cables y pantallas rotas. El dueño, un joven flacucho conocido como "El Byte", podía desbloquear cualquier cosa y encontrar a cualquiera a través de su huella digital.

Valeria le mostró la foto de Paulina en su teléfono.

—Byte, necesito todo sobre esta vieja —dijo, su tono era directo, sin rodeos—. Redes sociales, públicas y privadas si puedes, nombres de usuario, lo que sea.

El Byte ni siquiera preguntó por qué. Vio la mirada en los ojos de Valeria y supo que era importante. —Dame una hora. Y te costará ese cargador de carga rápida que te vendí la semana pasada.

—Trato hecho —dijo Valeria.

La segunda parada fue el "Salón de Belleza Rosy", un lugar ruidoso y lleno de laca donde el chisme era la moneda de curso legal más valiosa que el peso. Rosy, la dueña, una mujer con un peinado que desafiaba la gravedad, sabía todo de todos.

Valeria le mostró la foto mientras Rosy le ponía uñas postizas a una clienta. —¿Te suena esta cara, Rosy? De las de sociedad, creo.

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