La sonrisa de serpiente de Natalia no se desvaneció. Se sentó más erguida en el sillón, la energía volvía a fluir por sus venas, desplazando la amargura que la había paralizado durante semanas. La furia ciega de Sofía había sido la chispa que necesitaba para encender su propio fuego, uno mucho más frío y calculado.
—No puedes simplemente enviar a cualquiera —dijo Natalia, su voz era un susurro instructivo, como un general veterano enseñándole a un recluta—. Si envías a una de tus amigas bobas, la gente lo conectará contigo de inmediato. El ataque tiene que parecer orgánico, aleatorio.
Sofía, todavía vibrando de rabia, la escuchaba con una atención renovada. Estaba recibiendo una clase magistral de la reina del té verde.
—Necesitamos a alguien que sea creíble —continuó Natalia, sus ojos fijos en la distancia, visualizando la escena—. Una chica "fresa", de buena familia. De esas que publican cada capuchino que se toman y cada clase de yoga a la que asisten. Sufrida, pero con estilo. Alguien que llore bien para las cámaras de los celulares. El victimismo es un arte, querida, y necesitamos una artista.
La mente de Sofía comenzó a trabajar, repasando su lista de contactos. La mayoría de sus "amigas" eran leales solo a la superficie. Pero había una…
—Paulina —dijo Sofía, el nombre saliendo de sus labios con una certeza repentina—. Paulina de la Garza. Su familia está casi en la ruina, pero ella vive como si todavía fueran los reyes de la plata. Haría cualquier cosa por un poco de atención y dinero. Es la actriz más grande que conozco.
Natalia asintió lentamente, una sonrisa de aprobación formándose en su rostro. —Perfecto. Contáctala. Sé generosa. La gente sin escrúpulos es maravillosamente predecible.
La reunión se llevó a cabo dos días después en el rincón más oscuro de un bar de sushi pretencioso en las Lomas, un lugar donde el precio de los platillos aseguraba la privacidad.
Paulina de la Garza era exactamente como Sofía la había descrito. Llevaba un vestido de diseñador que probablemente era del año pasado, pero lo portaba con una arrogancia que lo hacía parecer de la nueva temporada. Su rostro era una máscara de maquillaje impecable y aburrimiento estudiado.
Sofía no perdió el tiempo. Después de pedir un par de tés helados carísimos, fue al grano.
—Tengo una propuesta de trabajo para ti, Pau.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...