El domingo por la tarde, el sol se derramaba sobre Coyoacán en tonos dorados y anaranjados, pintando las fachadas de las viejas casonas y alargando las sombras de los árboles. El bullicio del mercado se había calmado, transformándose en un murmullo perezoso mientras los vendedores comenzaban a guardar su mercancía.
En la banqueta, junto a sus huacales casi vacíos, estaban sentadas Alejandra y Valeria. Estaban agotadas. Les dolía la espalda de estar de pie, sus voces estaban roncas de tanto hablar, y sus rostros tenían el brillo del cansancio y el sol.
Y eran las dos mujeres más felices del mundo.
Entre ellas, sobre la tapa de una caja de cartón, estaba el fruto de su trabajo: una pila de billetes y monedas. No era una fortuna para los estándares de los Estevez, pero para ellas, era un tesoro.
Con una concentración casi ceremonial, comenzaron a contar. Valeria hacía montones de diez billetes, aplanándolos con la palma de su mano sucia de polvo. Alejandra apilaba las monedas con una precisión meticulosa.
Habían vendido casi todo. Los frascos de "Renacer de Agave" se habían agotado al mediodía. Del "Calma de Cempasúchil" solo quedaban tres. Habían superado sus expectativas más optimistas.
Cuando terminaron de contar, Valeria se echó hacia atrás, apoyándose en sus manos sobre el cemento de la acera. Soltó una carcajada, un sonido genuino y lleno de alegría que hizo que un par de personas que pasaban voltearan a sonreír.
—¡No manches, fresita! —exclamó, sus ojos brillando—. ¡Nunca había visto tanto dinero junto que no fuera de una tanda! ¡Y este es todo nuestro!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...