El sábado por la mañana, el corazón de Coyoacán latía con un ritmo vibrante y caótico que era el antídoto perfecto para el silencio estéril del penthouse de Santa Fe. El aire olía a café de olla, a tamales calientes y a la tierra húmeda de las jacarandas del jardín central. Turistas con cámaras, familias paseando y artistas locales creaban un tapiz humano lleno de color y vida.
En medio de ese bullicio, en un pequeño espacio conseguido por los contactos del padre de Valeria, se encontraba el puesto de "Raíz".
No era grande, pero era un imán para las miradas. En lugar de una mesa de plástico plegable, habían usado dos huacales de madera lijada. Un trozo de manta cruda con el logo de la raíz de agave pintado a mano colgaba en la parte trasera. Pequeños jarrones con flores silvestres de colores intensos —buganvillas, dalias— añadían toques de vida. Y sobre un paño de lino, los frascos de vidrio ámbar brillaban bajo el sol, ordenados en filas perfectas como pequeños soldados de un ejército de bienestar.
Alejandra, con el cabello recogido en una trenza y vestida con una sencilla blusa bordada, se sentía extrañamente en paz. Por primera vez en mucho tiempo, no era la protegida de los Estevez, ni la prisionera de Ricardo. Era simplemente Alejandra, la creadora de algo tangible y honesto.
Valeria, por otro lado, era un torbellino de energía. Con su chaleco del taller mecánico sobre una camiseta de rock y una sonrisa que podía desarmar al más cínico, era la vendedora perfecta.
—¡Pásele, güerita, pásele! —le gritó a una turista europea que miraba con curiosidad—. ¿Cansada de tanta crema con químico que le promete la luna y las estrellas? Venga a probar el verdadero secreto de la tierra. ¡Sin compromiso!
La turista se acercó, intrigada.
Al principio, la gente se mostraba escéptica. Estaban acostumbrados a las grandes marcas, a los empaques brillantes, a las promesas de la ciencia parisina.
—¿Crema de agave? —preguntó una mujer de aspecto elegante, claramente fuera de su hábitat de Polanco—. ¿No es con lo que se hace el tequila?
Alejandra se acercó con una calma que inspiraba confianza. Tomó un frasco de muestra y puso una pequeña cantidad en el dorso de la mano de la mujer.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...