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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 123

La jaula dorada de Ricardo se convirtió, bajo el manto de la noche, en el primer laboratorio de "Raíz", el nombre que habían elegido para su naciente empresa. Mientras el penthouse dormía, sumido en un silencio artificial y climatizado, Alejandra transformaba la pequeña y raramente utilizada cocina de servicio en su santuario clandestino.

Era un espacio moderno, de acero inoxidable y superficies de cuarzo, diseñado para el personal doméstico. Pero en manos de Alejandra, se convertía en algo antiguo, casi alquímico. Rechazaba los procesadores de alimentos y las licuadoras ultrasónicas. Su principal herramienta era un pesado molcajete de piedra volcánica, uno que Valeria le había conseguido en el mercado de Sonora, idéntico al que su padre le había enseñado a usar.

Las noches se convirtieron en un ritual.

Esperaba hasta que las luces del estudio de Ricardo se apagaban, hasta que el único sonido era el zumbido del refrigerador. Entonces, se deslizaba fuera de su habitación y se encerraba en su laboratorio improvisado.

Las escenas de su trabajo eran una mezcla de ciencia y brujería. Con una paciencia infinita, molía pencas de agave tatemado hasta obtener una pulpa rica y fragante, la base de su crema facial. El sonido rítmico de la piedra contra la piedra era una meditación, un eco de las generaciones de mujeres de su familia que habían hecho lo mismo.

En frascos de cristal, infusionaba lentamente pétalos de cempasúchil de un naranja intenso en aceite de jojoba dorado. Dejaba que el sol de la tarde, que entraba por la pequeña ventana de la cocina, calentara suavemente la mezcla, extrayendo el alma de las flores. Medía gotas de aceite esencial de lavanda con un gotero de vidrio, sus movimientos eran precisos, su concentración, absoluta.

Cada ingrediente había sido adquirido a través de la red de Valeria, una operación encubierta que la llenaba de una satisfacción infantil. Valeria le entregaba los paquetes en sus breves y secretos encuentros fuera del penthouse: cortezas de tepezcohuite de un proveedor de Chiapas, manzanilla de un pequeño productor de Puebla, cera de abeja de un apicultor de Xochimilco. Eran los tesoros de un México oculto, entregados en el corazón del imperio de Ricardo Estevez.

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