La primera "junta de negocios" de su nueva empresa no se llevó a cabo en una sala de juntas con paredes de cristal, sino en el corazón del territorio de Valeria: el taller mecánico "Refacciones Domínguez", propiedad de su padre. El aire olía a aceite de motor, a metal y a trabajo duro. El sonido de fondo no era el zumbido de un aire acondicionado, sino el rugido de una llave de impacto y el ritmo de una cumbia que salía de una vieja radio.
Estaban sentadas en cajas de plástico volcadas, usando un capó recién pulido como mesa. Sobre él, una libreta de espiral y dos refrescos de tamarindo en botella de vidrio.
Alejandra, vestida con unos simples jeans y una camiseta, se sentía más en casa allí que en cualquiera de los lujosos salones de los Estevez. Tomó un sorbo de su refresco y fue al grano.
—No podemos abarcar todo de una vez —comenzó, su tono era el de una estratega planeando una campaña—. Necesitamos empezar con algo pequeño, controlable y de alta calidad. Productos que pueda hacer yo misma, que representen nuestra filosofía.
Abrió la libreta. Había pasado la noche anterior llenándola de notas.
—He pensado en dos productos clave para empezar. Primero, una crema facial. Basada en las propiedades regenerativas del agave. Mi abuela la hacía. Hidrata, calma la piel irritada y tiene un efecto tensor natural. Es un producto de lujo, pero con ingredientes de la tierra.
Valeria escuchaba atentamente, asintiendo, sus ojos inteligentes evaluando la viabilidad de la idea.
—Segundo —continuó Alejandra—, un aceite esencial. Para el estrés. Usando una base de aceite de jojoba infusionado con pétalos de cempasúchil y un toque de lavanda de la sierra. El cempasúchil no es solo para los muertos, tiene propiedades calmantes increíbles. El mercado del "bienestar" es enorme, y nosotros ofrecemos algo auténtico.
Valeria tamborileó con los dedos sobre el capó. —La idea es buena. Muy buena. Tienes el cerebro para el producto. Pero ahora viene mi parte: ¿dónde lo vendemos?
Alejandra la miró. —¿Habías pensado en una tienda en línea? ¿O quizás buscar distribuidores en tiendas de productos orgánicos?
Valeria soltó una carcajada. —¡No, fresita! ¡Así piensan ellos! —hizo un gesto vago en dirección al poniente de la ciudad—. Empezar en línea requiere mucho dinero en publicidad para que alguien te vea. Y las tiendas de Polanco son territorio enemigo. Te comerían viva. Son caras, te pedirían exclusividad y se quedarían con la mayor parte de las ganancias. Además, son el mundo de Natalia. Luchar allí es jugar en su cancha, con sus reglas.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...