La mañana siguiente a la gala, el sol que entraba por los ventanales del penthouse no iluminaba a una prisionera abatida, sino a una general contando el botín de su última campaña.
Alejandra estaba sentada en el suelo de su lujosa habitación, sobre una alfombra persa de seda. Frente a ella, esparcida sobre la colcha blanca, había una considerable cantidad de dinero en efectivo. Billetes de quinientos y mil pesos formaban pequeños montones desordenados. Eran las "propinas", los pagos entusiastas que había recibido de los invitados VIP, hombres y mujeres que habían pagado gustosamente por un sorbo de autenticidad.
Contaba los billetes con una calma metódica, sus dedos moviéndose con rapidez. No había codicia en su rostro, sino la fría satisfacción de un estratega que ve los resultados de un plan perfectamente ejecutado. Cada billete era un ladrillo, la primera piedra de un muro que construiría entre ella y la dependencia de los Estevez.
La puerta de la habitación se abrió sin previo aviso.
Ricardo entró, ya vestido con uno de sus trajes impecables, su rostro una máscara de ira mal disimulada desde la noche anterior. Se detuvo en seco al ver la escena. Su mirada se clavó en el dinero, luego en ella.
Sus ojos se entrecerraron. —¿Qué es esto? —su voz era un gruñido bajo, cargado de sospecha.
Alejandra no se sobresaltó. Levantó la vista, sus ojos se encontraron con los de él sin una pizca de miedo.
—¿Esto? —dijo ella, su voz era tranquila, casi casual. Hizo un gesto hacia los billetes—. Es el capital inicial para mi independencia.
La mandíbula de Ricardo se apretó. La respuesta era una bofetada, una declaración de que su victoria en la gala no era solo simbólica. Era financiera. La idea de que ella pudiera tener poder, su propio poder, fuera de su control, era una afrenta intolerable.
—No seas ridícula —espetó—. Recoge eso. No quiero ver ese desorden en mi casa.
Se dio la vuelta y salió de la habitación, dando un portazo.
Alejandra observó la puerta cerrada por un momento, luego volvió su atención al dinero. Una pequeña sonrisa tiró de la comisura de sus labios. Terminó de contar, guardó los fajos de billetes en una bolsa de tela y la escondió en el fondo de su armario.

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Hasta ahora esta muy interesante...