Alejandra le sostuvo la mirada por un largo momento, un tiempo que pareció estirarse hasta el infinito. No parpadeó. No desvió los ojos. Simplemente lo encontró en medio de su tormenta de furia y se mantuvo firme, un faro de calma contra sus olas embravecidas.
Le dio tiempo para que lo asimilara todo. Para que viera la terraza llena de sus admiradores. Para que escuchara las risas y los elogios. Para que comprendiera la magnitud de su derrota y la brillantez de la victoria de ella.
Y entonces, cuando supo que él había entendido, cuando supo que el mensaje había sido recibido, hizo su movimiento final.
Rompió el contacto visual.
No lo hizo con la sumisión de una sirvienta apartando la vista de su amo. No lo hizo con el miedo de una rebelde capturada. Lo hizo con la tranquila y absoluta indiferencia de alguien que se aburre de una conversación que ya no le interesa.
Lentamente, se giró. Su espalda, cubierta por el sencillo vestido beige, se convirtió en un muro, una declaración silenciosa más poderosa que cualquier grito.
Se inclinó para tomar una botella de mezcal, su movimiento era fluido y lleno de gracia. El Senador Campos, que había estado esperando pacientemente, le sonrió.
—Señorita Robles, otra ronda de esa "Niebla de la Sierra", por favor. Mi esposa insiste en que no se irá de aquí sin probarla.
Alejandra le devolvió la sonrisa, una sonrisa cálida y genuina que nunca le había dedicado a Ricardo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...